
Escrito por: Anónimo
El Juicio al Internet que Pudo Ser
A finales de 2021, cinco agentes antidisturbios entraron con un ariete en el domicilio de El Feo. No buscaban a un narcotraficante ni a un terrorista. Buscaban a un cinéfilo que llevaba años hablando de películas que nadie más quería mostrar.
El Feo era el creador de La Filmoteca Maldita, un canal de YouTube dedicado al cine mayormente independiente y a la historia del cine, y fue propietario de ZooWoman, un sitio web para ver películas de manera gratuita, especialmente películas antiguas.
Para entender por qué esto importa más allá del caso individual, hay que entender de dónde venía ZooWoman. Hay que volver al principio.
El internet de finales de los 90 y principios de los 2000 fue especial para mí. Tenía algo que resulta inimaginable hoy en día: nos pertenecía a todos. Protocolos abiertos, diseñados para ser descentralizados. Su arquitectura técnica era, vista desde el punto de vista actual, bastante pobre, pero la construcción política que se dio durante esos años fue algo hermoso.

Emergió toda una infraestructura de sitios que era vibrante, horizontal y espontánea. Los antiguos foros y los canales IRC eran espacios de autogestión: la gente se organizaba, moderaba, producía contenido y construía culturas sin ninguna lógica de monetización. Creábamos webs personales en Blogspot porque queríamos mostrar o compartir algo con el mundo. El enlace era un gesto político fundamental: apuntar hacia fuera, hacia el otro, hacia lo común.
En ese momento llegaron las redes P2P (eMule, BitTorrent, etc.) y fueron la expresión más brutal de todo lo que se venía cociendo durante años. No eran solo herramientas para piratear: eran arquitecturas de solidaridad distribuida. Millones de personas compartiendo recursos de forma simultánea, sin coordinación central, sin autoridad, sin ánimo de lucro. Puro apoyo mutuo tal como Kropotkin lo veía.
En aquella época, cuando acababas de ver esa película que cambiaba algo en ti, te ibas a los foros de cinéfilos. Allí la gente comentaba, hacía subtítulos propios para poder ver la versión original, o alguien que se había emocionado tanto como tú realizaba un sesudo análisis en su página personal de Blogspot, subiendo una copia de la película que tanto le había gustado. Sin afán de ganar nada más que el placer de compartir.
La concentración fue vertiginosa, vallando progresivamente cada hueco que fuera posible.
Y entonces, llegaron las plataformas
El mecanismo fue elegante, al principio: Facebook te conectaba con gente que conocías, Twitter daba un espacio de conversación pública, YouTube permitía algo impensable en páginas personales, alojar vídeos, Reddit centralizaba esa dispersión que “sufrían” los foros.
El intercambio parecía gratuito. Lo que no se decía es que la moneda de pago era nuestra propia actividad social, convertida en datos, perfiles publicitarios y atención vendida al mejor postor. La concentración fue vertiginosa, vallando progresivamente cada hueco que fuera posible.
La consecuencia más visible fue la muerte de los foros. Grandes archivos de conocimiento acumulado, donde expertos y novatos en cualquier tema construían comprensión conjunta, donde apoyar al otro era el motivo por el que existía el foro, donde se generaban culturas y memes propios que después saltaban de un sitio a otro de forma orgánica, sin algoritmos, por el uso de los propios usuarios. Eran instituciones reales de conocimiento popular. fuera posible.
Hoy muchos de esos foros están muertos o moribundos. No porque la gente dejara de querer hablar de esos temas, sino porque la conversación ahora pertenece a plataformas centralizadas que ofrecían algo más de comodidad siempre y cuando te sometieras a un control estricto.

El problema fundamental es que los antiguos foros eran indexables, permanentes y accesibles con una búsqueda de Google: ese conocimiento era accesible para toda la humanidad. Ese mismo conocimiento en Facebook o Discord es privado, queda secuestrado dentro de jardines vallados.
Pero el cercamiento no se completó solo con la atracción. Lo que no migró voluntariamente fue perseguido activamente.
Hacer económica y legalmente insostenible cualquier infraestructura cultural que opere fuera del mercado
Los espacios que sobrevivieron fuera de las plataformas corporativas —repositorios P2P, foros independientes, archivos colectivos, webs de descarga— se convirtieron en objetivo de una maquinaria legal y policial construida expresamente para eliminarlos. La directiva europea de derechos de autor, el DMCA americano, las sucesivas reformas de propiedad intelectual en España: toda esa legislación tiene una función práctica clara, que es hacer económica y legalmente insostenible cualquier infraestructura cultural que opere fuera del mercado. Megaupload cerrado con una operación internacional del FBI. Elitetorrent perseguido durante años por los tribunales españoles. El mensaje era siempre el mismo: lo que no genera renta para alguien, no tiene derecho a existir.
Y esto enraíza profundamente con ZooWoman: un archivo de películas que el mercado había condenado al olvido por no ser rentables.
ZooWoman vivía en ese espacio de resistencia. Mientras las plataformas de pago construían sus catálogos optimizados para el beneficio y los algoritmos de retención, ZooWoman hacía lo contrario: preservaba lo que el mercado había decidido que no valía nada. Y la cerraron de la misma manera que a todo lo demás: con presión legal desproporcionada, con la amenaza de ruina económica como arma principal, con el Estado actuando de sheriff para intereses privados.
Su contraparte era EGEDA, respaldada por el productor Enrique Cerezo, cuya estructura empresarial controla una parte significativa de los derechos del cine español. La petición: dos años y medio de cárcel y cerca de 870.000 euros de indemnización.
La paradoja final es perfecta
Mientras el capital destruía sistemáticamente los espacios donde la cultura circulaba libremente, tampoco garantizaba el acceso por otras vías. Las películas que ZooWoman alojaba no están en Netflix. No están en ninguna plataforma. Siguen siendo propiedad de alguien que no tiene ningún interés en distribuirlas, pero todo el interés del mundo en que nadie más lo haga. El cercamiento no se hizo para dar acceso: se hizo para que el acceso solo exista cuando genera beneficio, y para que todo lo demás desaparezca.
Pero lo que se juzga en ese tribunal no es solo un repositorio de películas. Lo que se juzga es la comunidad que creció alrededor de todo el trabajo realizado: 4.000 análisis de cine que llegaron a universidades en México y Argentina, festivales de cortos, redes de exhibición en más de 100 ciudades, años de cultura construida desde abajo sin que nadie se llevara un porcentaje.
La demostración viva de que otro modelo es posible, de que la gente puede organizarse alrededor de algo que ama sin necesidad de que haya un algoritmo en el medio ni una suscripción mensual de por medio.
Eso es lo que resulta verdaderamente peligroso. Y la condena, si llega, no pretende castigar el pasado: pretende aterrorizar el futuro. Que nadie más se atreva a construir algo así.
Lo que se juzga no es a un hombre. Es al internet que pudo ser.