
Escrito por:
Alex Santaolalla
La conciencia, a clase
Un café a medianoche
Soy trabajador del sector del transporte. Trabajo en Uber, una de las empresas de VTC con mayor carga en Sevilla. Pero no vengo hoy a exponer los chanchullos y problemas de esta empresa, vengo a hablar sobre la conciencia de clase. Esa gran desconocida.
En mi trabajo recojo a toda clase de personas diariamente y os animo a hablar y os escucho con atención. Y hay una idea que se oye de fondo casi siempre: no pertenezco a mi clase.
Las personas queremos y necesitamos pertenecer a un grupo. Petanca, costura, peña futbolera, partido político, grupo social, etc. Pero nos da coraje decir que pertenecemos a uno que no reconocemos como bueno, aunque nos defina. No queremos decir que somos pobres. No queremos decir que estamos en el grupo de las oprimidas. No queremos decir que estamos en el grupo de tíos heteros machistas.
Pero nada de eso depende de lo que decimos, si no de lo que hacemos o estamos condenados a ser. Durante las próximas semanas, os traeré pequeñas conversaciones que muestran lo profundamente mentirosos que somos con nosotros mismos y lo que ansiamos que nos reconozcan en otros grupos menos jodidos que en el que estamos realmente. Estas conversaciones son mantenidas por mí y por quienes se suben al Uber y os prometo que son 100% reales sin adulterar. No es mi intención exagerar, de hecho si de algo soy culpable es de no incluir tanto taco o expresión subida de tono.

Hoy, con cariño y respeto; el caso de Carla (nombre obviamente falso por respeto):
Noche cerrada, 03:10, Carla sube al coche de Uber:
– Hola, buenas noches.
+ Hola, muy buenas.
– A la dirección que pone, que acabo de salir del trabajo y estoy cansadísima.
+ Claro. Ahora mismo. Cinturón y salimos. (Se lo abrocha). Entonces acabas de salir del trabajo, entiendo el cansancio, compartimos horario.
– Ya bueno, yo trabajo para AirBnB y pufff, hay noches y noches.
+ Para la empresa de los alquileres temporales y eso? Bien entretenido, supongo.
– Pues sí, hay muchas cosas que gestionar y para ayudar a los clientes también y es agotador, la verdad.
Las personas queremos y necesitamos pertenecer a un grupo.
+ Teleoperadora? Lo siento, sé bien lo duro que es ese sector.
-NO (claramente ofendida). No soy teleoperadora. Atiendo a los clientes y jefes por teléfono y gestiono las incidencias que les surgen, pero no soy Atención al Cliente. Soy un nivel más alto.
+Perdona, no quise ofenderte… Aunque no hay nada de malo en ser teleoperador/a. Es, a fin de cuentas, otro trabajo más de la lista.
– Ya, pero no es a lo que me dedico. Yo soy filóloga. He estudiado. Aquí soy una gestora de incidencias que ha hecho una formación de mes y medio de la empresa. Estoy por encima del trabajo y la función de un teleoperador. Además, cobro bastante más que ellos.
+ Entiendo. Supongo que no estás en un puesto delante de un ordenador con programas nativos de la empresa con unos auriculares atendiendo a las llamadas de clientes con problemas o dudas.
– Bueno, es algo así, sí. Pero no soy teleoperadora. Ellos… Bueno, tienen mala fama. Y a mí cuando me preguntan que qué hago en este trabajo habiendo estudiado siempre respondo que todos los que estamos aquí tenemos carrera. La gente te juzga. Y te juzga para mal.
+ Debe ser terrible que te juzguen por tu desempeño laboral. Que piensen que no vales nada porque te dedicas a esto o a lo otro, como si fueses una teleoperadora.
– Totalm…
+ Siendo gestora, debes tener un día a día movidito e interesante, no? Qué guay.
– (Se recompone) Bueno, hay de todo, pero cuando llegas y te pones los cascos y empiezas a ver las incidencias de tal o cual cliente, la reunión de equipo de comienzo de turno y luego las llamadas que tienes que hacer a esos clientes para solucionar sus problemas.. Pues bueno, sí movidito.
+ Debe ser todo un trabajo. La verdad es que tienes razón. Si tuviese que elegir entre tu trabajo o atender llamadas para gestionar ventas o reclamaciones como un teleoperador al uso; claramente me quedo con tu rutina laboral. Es mucho más interesante!
– Ehm… Sí.
Clara no volvió a abrir la boca, avergonzada.
Recordad siempre, compañeras/os: la conciencia de clase surge cuando miras más allá de tus prejuicios y ves a quienes antes veías por encima del hombro como hermanos/as de armas. Deja de mirar con desprecio a quienes compartimos tu camino y ayudémonos. Es la única forma de salir de la falta de conciencia de clase.
Con cariño y una rebequita
Un té con azuquita.