
Escrito por:
Alex Santaolalla
La conciencia, a clase
Colonos
Estoy parado en la carretera de Sevilla a la Algaba, a unos 13km de la ciudad. Parado en mitad de una carretera comarcal echado a un lado en el poco arcén que tiene el camino. Sostengo en la mano mi café de las 02:00, aunque son poco más que las 23:00. Me siento intranquilo por la conversación, aunque mi corazón me dice que hice bien en mantener mi postura.
Hace menos de media hora, conducía por las calles céntricas de Sevilla. Sin mucha prisa. Me saltó un viaje en la app para recoger al lado de la catedral a un tal Steven. Era una pareja de unos veintimuchos con apariencia de turistas, educadamente me saludaron en un inglés muy sonoro y continuaron su conversación.

No suelo prestar atención a lo que hablan de fondo las personas que llevo de un lugar a otro, pero cuando hablan sobre nuestros monumentos, pues me gusta tratar de oír la opinión que guardan y hacerme una idea de cómo se ve nuestra ciudad desde fuera. Hablaban de que no era demasiado guay y que le faltaban detalles distinguidos más coloridos (es su opinión y todos tenemos derecho a ser unos cutres o soberbios, qué te digo…), incluso se quejaban de que aparentaba no ser muy antigua (macho Steven, el equipo de restauración hizo un trabajo inconmensurable después de limpiar toda la polución… Al menos eso le debemos de respeto a su curro, en fin.).
Sin embargo lo que me hizo erizar las orejas fue el comentario sobre la Giralda. “No entiendo por qué no terminaron el trabajo y se deshicieron de todo lo musulmán cuando derribaron la mezquita. Es un error que no cometemos en casa. Aún le faltan agallas a España.”
¿Es turismo de placer o tratáis de asentaros en algún pueblo para montar vuestra siguiente colonia?
Recuerdo pensar que le entendí mal. -El acento- me dije -No es el contenido, es que no les he pillado bien las palabras. Después de unas risas cómplices entre ellos, sí llegué a entender una frase que me quitó las inseguridades: “… Si al final se trata de que hay tierras sin personas para personas sin tierra, se trata de asentarte y trabajar sobre ella para hacerla tuya.”
Frené de inmediato. En el inglés mejor pronunciado que sé inicié la conversación:
-Disculpad, por casualidad habláis de la frase “un pueblo sin tierra para una tierra sin pueblo”?
+ ¡Oh, hablas inglés! Qué raro en este país. Pues sí, hablamos de esa frase. ¿La habías oído antes?
– (sonreí) Sí, sí que la había oído. Me surgen una cuestión, ¿por casualidad sois de Israel?
+¡Anda, pues sí! De Tel-Aviv. Nacimos allí y estamos haciendo turismo por Europa.
-Andaaa, qué bien. Y ¿es turismo de placer o tratáis de asentaros en algún pueblo para montar vuestra siguiente colonia? (se les borró la sonrisa).
+¿Cómo?
-Sí hombre, pregunto si sois colonos sionistas.
+No, somos ciudadanos israelíes. No entiendo esta actitud discriminatoria y antisemita por parte de un trabajador de tu empresa.
-En este coche mientras yo esté al volante no entran colonizadores ni nazis. Y menos, la mezcla de ambos. Bajaos ahora mismo del coche.
No entraré en detalles sobre los insultos, gritos y llantos haciéndose la víctima de ambos colonos israelíes, porque no acabaríamos este artículo ni al el florecer de los naranjos, pero lo último que conseguí que oyeran de mi boca, mientras los dejaba en una parada de autobús de línea en la carretera de la Algaba (aún desde aquí con mi café puedo ver sus siluetas en la lejanía) fue un “Palestina es el nombre de vuestra tierra, aunque queráis borrarla como lo intentaron con nuestra mezquita. Que disfrutéis esperando al autobús. Pasará mañana sobre las 06:00”.
Al colonialismo y al fascismo: ni aire para que respiren.
Discuto mucho en mi familia sobre este tema. Suelo reducirlo a que Israel no existe, que son una colonia, que no existe algo como la “solución de los dos estados”, que no existe la “etnia” judía (eso, de hecho, es antisemitismo en estado puro), que el sionismo judío y el católico son un cáncer y debería dejar de existir, y el ya consabido por todos argumento de “no te comportes como un nazi, por favor”.
Intuyo que este artículo nacido de mis sesgos se aparta de mi actitud socrática de “hacer pensar al interlocutor sobre si hace o no bien para que reflexionemos juntos” que suelo llevar cuando me leéis. Pero recordad mis amados lectores. Al colonialismo y al fascismo: ni aire para que respiren.

